Archive for the ‘Thriller’ category

7. Siguiendo la luz verde

enero 13, 2009

“Y a tí te estarán buscando”. Las palabras de Robik martilleaban la mente de Ryan mientras corría a toda prisa por los callejones húmedos y oscuros de los suburbios de Uteria. “No puede ser verad lo que ha dicho”, pensó, “¿por qué iban a morir mis padres”.

-¡Nano! Marca la extensión cero, cero, uno -ordenó Ryan al rob-orbit para lograr contactar telefónicamente con su padre. Mientras el robot hacía su trabajo, podía oirse la molesta estática a través de los pequeños altavoces que tenía integrados el aparato. Nadie contestó la llamada, de modo que Ryan probó a localizar a su madre- ¡Nano, corta! Marca extensión cero, cero, dos -Acto seguido empezó a escucharse la suave música de espera característica de “Lab-B.I.T.“, el laboratorio donde trabajaban los padres de Ryan, pero una vez más, nadie contestó la llamada.

“Esto es absurdo”, se dijo, “¿por qué demonios iba a estar yo en problemas?”

-¡Me vuelvo a casa ! -Y acto seguido echó a correr en dirección a la estación del muro, sin percatarse del ruido de las sirenas que se oía a lo lejos.

***

Robik siguió trabajando en su taller una vez que el chico se marchó asustado. Su semblante serio siempre era el mismo, pero en aquella ocasión estaba justificado; el muchacho lo había puesto nervioso y ahora sonaban sirenas por toda la ciudad.

-¡Oh, mierda! -Espetó mientras descargaba el puño en su mesa de trabajo- Maldito crío…

-Te preocupa el joven ¿me equivoco? -dijo una voz femenina oculta en la caseta trasera del taller, donde un resplandor verde irradiaba intermitentemente- Debiste haberlo ayudado.
-¿Has visto a los nuevos agentes de O.R.B.I.T.? -gritó Robik para hacerse oir- ¿Sabes de lo que son capaces esos tíos? Lo siento, pero no puedo ir por ahí salvando gente -dijo mientras relajaba los hombros-, contigo hice una excepción.

***

Mientras huía, Ryan había adoptado una falsa seguridad en sus pasos. No paraba de repetirse que no tenía de qué preocuparse, pues su vida era de lo más normal y no tenía por qué hacerle caso a un ex criminal chatarrero. Pero los Suburbios habían acelerado su propio pulso, se oían alarmas y coches por todos lados, un murmullo generalizado que desprendía un halo de intranquilidad. Las calles principales estaban atestadas de personas con rostro cubierto que corrían de un lado para otro. En el aire, como siempre, un caos de tuberías y rob-orbits moviéndose a toda prisa.

“Debería moverme por callejones” , pensó Ryan, no sin cierta reticencia, pero finalmente decidió hacerlo, desviándose por la trasera de un motel ruinoso. Las ratas y los gatos del callejón desviaron un poco la atención de Ryan, que estaba cada vez más nervioso.

El camino discurría por debajo de un puente de carretera urbano que servía de refugio para muchos sin techo, los cuales se cubrían con cartones y se calentaban con barriles en los que quemaban cualquier despojo.

De pronto, los indigentes y adictos que rondaban esa zona comenzarón a alborotarse y a gritar “¡Agentes!, ¡Agentes!”. Efectivamente, una patrulla de soldados S.N.E.S. hizo acto de presencia con exagerada violencia. Mientras unos agentes cacheaban a varios jóvenes drogadictos, otros descargaban sus defensas reglamentarias contra los pobres vagabundos.

-¡Eh, tu! -Gritó uno de los agentes en dirección a Ryan- ¡Al suelo, vamos!

Ryan se quedó paralizado a causa del miedo, su cuerpo no respondía y un sudor frio comenzó a recorrerle la espalda.

-¡Al suelo! -Volvió a gritar el agente- ¡No pienso repetirlo!
-Psst ¡Por aquí chaval! -Gritó una voz familiar detrás de Ryan.
-Robik… -susurró Ryan al girarse y ver al fortachón escondido en un callejón lateral.
-Deprisa, sígueme -dijo Robik mientras desaparecía por el callejón.
-¡Espera! ¡No tan deprisa! -Exclamó Ryan mientras ponía en marcha su paralizado cuerpo.
-¡Sigue el destello verde! -Gritó la voz ya lejana de Robik.

Pese al desconcierto del momento, Ryan logró alcanzar el callejón mientras era perseguido por el agente de la S.N.E.S.. Allí vio a lo lejos a Robik corriendo al lado de una persona encapuchada que desprendía una tenue luz verde. “Esto no me puede estar pasando”.

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6. Lluvia de óxido

marzo 7, 2008


Al llegar a los suburbios, Ryan comenzó a sentirse agobiado. Al principio no comprendía el por qué de aquella sensación, pero pronto lo descubrió; desde allí no podía ver el cielo.

Los edificios no eran excesivamente altos, pero se apelotonaban de tal forma que parecían abalanzarse sobre los transeúntes. Además, Ryan no tardó en comprobar que los suburbios eran un paraíso para las construcciones ilegales. Muchos edificios se comunicaban entre sí por complejas estructuras de acero sin licencia construídas en las azoteas y áticos.

Las cañerías oxidadas de los edificios no se limitaban a correr paralelas a las construcciones, pues además era frecuente verlas suspendidas en el aire, goteando, conectando unos bloques con otros.

Al parecer, los edificios estaban todos enlazados, de alguna u otra manera.

El casco antiguo siempre le había parecido feo, viejo y mal construído, pero los suburbios lo superaban ampliamente. A Ryan aquel paisaje se le antojaba angustioso, triste y opresor, de modo que se apresuró en configurar su rob-orbit para que lo guiara hasta el taller de Robik lo antes posible.

En sus primeros minutos en los suburbios Ryan aprendió por su propia experiencia una regla que casi todos los habitantes de aquella zona parecían cumplir: había que cubrirse la cabeza. Las goteras eran omnipresentes hasta en el sitio menos esperado, de modo que Ryan se puso la capucha de su jersey negro y siguió andando, preocupado ahora por la salud de su nuevo robot, Nano, el cual parecía defenderse muy bien en las alturas, esquivando las cañerías y toldos sucios cuando era oportuno. “Los robots de aquí parecen todos estropeados… igual que sus dueños”, se percató Ryan.

Finalmente Nano se detuvo y comenzó a parpadear, indicando que ya habían llegado al destino. El taller no era más que una pequeña parcela entre dos edificios, protegida por una alambrada y cubierta por techos de madera en algunas zonas, y toldos de plástico en otras.

La pequeña puerta de la alambrada estaba abierta, de modo que Ryan entró sin hacerse notar y comenzó a vagar por el laberinto de toldos y chatarra hasta que llegó a una gran mesa donde un hombre de casi dos metros de altura peleaba con un teclado analógico que parecía no responder, en vista de los golpes que le daba el tipo.

-¡Perdone! -gritó Ryan- ¿Es usted Robik?
-El mismo -respondió el hombretón sin apenas inmutarse- ¿Quién te envía?
-Vengo del Cubil de Robik -al decir esto Ryan pudo ver como se dibujaba una media sonrisa en la cara del hombre-. Al parecer mi rob-orbit tiene datos que no pueden descomprimirse.
-Eso es imposible -comentó Robik, adoptando una actitud desafiante-, todo lo que entra sale -y volvió a concentrarse en su teclado. Acto seguido, con un tono más calmado, e incluso melancólico, añadió: Tarde o temprano todo sale a la luz.
-Entonces, ¿puede ayudarme?
-Claro que puedo, yo puedo con todo -y le lanzó una mirada furiosa al teclado-, pero no creas que te va a salir gratis.
-Por supuesto -contestó Ryan excitado, sin pararse a pensar en el precio que aquel hombre podía exigirle.

El tipo salió afuera de su mostrador improvisado y se acercó a Ryan, luego alzó sus enormes brazos y cogió a Nano con cuidado y volvió a su mesa, sin preocuparse del muchacho. “¿Es que acaso estos tipos son todos así de frios?”, pensó Ryan. Luego se percató de que el tal Robik era un presunto proxeneta y prefirió no seguir dándole vueltas a la cabeza, de modo que volvió a distraerse mirando a su alrededor.

Habían pasado menos de quince minutos cuando Ryan vio cómo Robik se levantaba bruscamente de su asiento, tirando todo lo que había a su alrededor. De pronto, el hombretón cogió a Nano y se lo lanzó a Ryan con fuerza, como si fuera un balón. El robot le golpeó en el hombro, pero se mantuvo flotando. Robik parecía fuera de sí:

-Dile a ese hijo de puta que no vuelva a mandarme a nadie -le gritó al muchacho-, se acabaron los problemas. Dile que como vuelva a nombrarme yo mismo le cortaré esas manos inútiles.
-Pero ¿qué ocurre? -preguntó Ryan, confuso y asustado.
-Será mejor que te largues muchacho, pero permíteme un consejo -de pronto el semblante de Robik se endureció aun más-, no vuelvas a tu casa. A esta hora probablemente tus padres estarán muertos. Y a tí te estarán buscando.